El Valencia CF se ha instalado en una preocupación permanente que ya no admite paños calientes. La goleada encajada en Balaídos, un 4-1 incontestable ante el Celta, confirma que el equipo está, a día de hoy, en una pelea casi exclusiva por evitar el descenso, muy lejos de cualquier aspiración acorde a su historia. Con solo 16 puntos y una racha reciente de 0 victorias en los últimos 5 partidos, en los que únicamente ha sumado 3 empates y 2 derrotas, la dinámica es la de un club que vive otra vez al borde del abismo. Además, con el resto de resultados de la jornada, se confirma que el equipo regresa a zona de descenso, 3 puntos por encima del Levante y cuatro por encima del Real Oviedo, equipos que sumaron 3 y 1 punto respectivamente esta última jornada.

Un equipo sin victoria y sin respuestas

La visita a Balaídos ha sido un nuevo golpe anímico. Más allá del marcador, la sensación es de equipo frágil, sin capacidad de reacción cuando recibe el primer golpe y con una endeble estructura defensiva que se descompone con demasiada facilidad. El plan de partido se viene abajo en cuanto el rival acelera, y el Valencia encadena fases largas de desconexión en las que apenas es capaz de hilar tres pases seguidos ni de sostenerse en campo contrario. Corberán, antaño héroe tras salvar al equipo el pasado curso, ya no cuenta con el apoyo de la afición, que pide su cabeza.

La falta de victorias reciente pesa como una losa. En los últimos cinco encuentros ligueros, el Valencia no ha pasado del empate y, lo que es más preocupante, ha transmitido una imagen de resignación más que de rebeldía. Esos tres puntos de quince posibles explican por qué el discurso ha virado definitivamente: ya no se habla de mirar hacia Europa ni siquiera de zona media, sino de sumar lo antes posible los puntos que alejen al equipo de los tres últimos puestos.

Años en el alambre y un futuro inquietante

Esta situación no es nueva; más bien parece la prolongación de una agonía que el club arrastra desde hace varias temporadas. Entre cambios constantes en el banquillo, plantillas cortas y proyectos deportivos poco definidos, el Valencia ha vivido demasiado tiempo mirando de reojo la zona roja, confiando siempre en reaccionar a tiempo. Ahora, esa cuerda floja se ha tensado al máximo: sin un giro radical en resultados y sensaciones, el riesgo de que un año el milagro no llegue es cada vez mayor.

El mayor peligro es que la normalización de la crisis acabe por anestesiar al entorno. Cuando las malas temporadas se encadenan, se corre el riesgo de aceptar como “lógico” lo que es una anomalía histórica para un club con Mestalla como escenario y una afición que ha respondido incluso en los peores momentos. O se produce un cambio brusco —en juego, en jerarquías internas, en mercado de invierno o en mentalidad competitiva— o el equipo puede entrar en una espiral de la que luego resulte muy difícil salir.

Un ojo puesto en el próximo boleto de La Quiniela

En este contexto, el Valencia se asoma al boleto del fin de semana del 10 de enero como uno de los equipos más imprevisibles para los apostantes. La falta de victorias, la fragilidad defensiva y la presión añadida de la tabla convierten sus partidos en focos de duda, donde muchos se inclinarán por el empate o incluso por el signo contrario mientras el equipo no dé señales de reacción real. La jornada llegará con LaLiga EASports y LaLiga Hypermotion repartidas por el boleto de La Quiniela, y el Valencia, lejos de ser un fijo, se ha transformado en uno de esos signos que ya nadie se atreve a marcar con confianza.